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Directivo, ¿Quo vadis?

Directivo, su propio nombre lo indica, dirección, pone rumbo.  En algunos casos se marca el objetivo (alta dirección) y en la gran mayoría se marca el rumbo (dirección). Marcar el objetivo es un acto de recolección de datos, de análisis a través de la experiencia, de síntesis y valoración de las oportunidades.  Marcar el rumbo, es, además, un acto de planificación, de asignación de recursos, de generación de actividad, de evaluación continua y corrección.

Todo un proceso experiencial que permite al directivo generar y trazar el rumbo a un objetivo.  En mi opinión, esta es una de las múltiples razones por la que solemos explicar al preguntar por los objetivos empresariales.  Pero, más allá de la rigurosidad, de la experiencia o la intuición puesta en estos actos, existe un factor que es determinante en que finalmente se alcance el objetivo planteado (bueno o no tan bueno) y a través del rumbo fijado (más o menos eficiente), las emociones.

La gestión de las emociones propias y de los equipos de trabajo, es lo que diferencia a un directivo (cualquiera que sea su graduación) de un líder.  La pregunta cambia desde ¿a dónde vas? a ¿cómo vas a llegar? o incluso más profundamente ¿cómo los vas a llevar?, pues si quieres llegar tu solo, lo seguro es que no llegarás.

Hablamos desde hace años del liderazgo emocional, que surge por la facilidad con la que troceamos los grandes retos en partes más pequeñas para analizarlos y entenderlos. El liderazgo emocional no tiene sentido sino es dentro del concepto más amplio de liderazgo, no como una forma de ejercer el liderazgo sino como parte esencial del mismo. Así, nos abre la puerta a considerar a las personas como lo que son, personas y, no recursos. Y la primera persona que está en la lista es el propio directivo, del nivel que sea, pues, hasta el momento no se ha demostrado que no sean personas.

Las emociones son la antesala de las acciones con la dificultad añadida de que todos sentimos, vivimos o identificamos las emociones de manera diferente, es “culpa” en gran parte del material genético. Así, la visión de las oportunidades que nos brinda el mercado, la toma de decisiones o la resolución de conflictos parten del conjunto de emociones en las que cada persona vive en ese momento preciso. 

La totalidad de nuestros actos se inician con una identificación emocional. Como directivos podemos controlar las emociones que sentimos (entrenados por años de educación racional). En el paso natural a líderes podemos gestionar las emociones que sentimos como consecuencia de nuestra interpretación del entorno o la situación. Y, efectivamente, no es lo mismo controlar que gestionar. Podemos controlar nuestras emociones, pero ahí siguen, y en consecuencia nuestra acción será la misma, disimulada, pero la misma.  El líder gestiona sus emociones.

La gestión de las emociones no es más que ser capaces de transformar unas en otras, en otras que nos ofrezcan mayor capacidad de acción para nuestros objetivos. ¿A quién no le gusta tener mayor capacidad de acción? Ni los colaboradores son recursos, ni los directivos son recursos, somos todos personas.

Saber cómo los vas a llevar al objetivo o simplemente cómo vas a llegar a él, necesita de esta gestión de emociones, las propia y las del resto de las personas.  Identificar el modelo de interpretación que cada uno hace de la realidad es la vía de entrada. La realidad es una, pero la interpretación de ésta es múltiple, y cada interpretación nos lleva a emociones diferentes y a la posibilidad de ser más eficiente.

Directivo, ¿Quo vadis? Responder a esta pregunta, añadiendo los elementos emocionales, te posicionará como líder, dejarlos al margen te aboca a ser únicamente un directivo.

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